Te odio y otras mentiras


Parte 2 (de 3)


¿Me atraen las mujeres? De una forma un poco abstracta, sí. Si me atrayeran de una forma más concreta, ¿me fijaría en alguien como Marina? Exactamente.

El martes tengo previsto ignorarla muy fuerte, pero consigue hacerme la encerrona de los quince minutos cuando me pilla preparándome un café en la cocina.

—Vamos a ver eso. Quince minutos, ¿puedes? —me dice mientras se pone a mi lado para coger agua del grifo.

Yo miro sus manos sosteniendo el vaso. Las mismas manos que hacen magia con la adquisición de clientes para marcas de retail.

Creo que ha venido hasta la cocina solo para decirme esto.

—No tengo mucho que enseñar aún —me apresuro a aclarar.

—Da igual, me cuentas tus ideas.

Nos metemos en la misma sala de ayer. Esta vez, sentadas. La una frente a la otra. En esta mesa cuadrada, tirando a pequeña.

—¿Y bien? —me pregunta expectante. Pega un trago al agua. Me gusta esa camisa holgada que lleva, el pelo recogido en un moño casual pero elegante.

Me cruzo de brazos.

—Ya te he dicho que no tenía mucho aún.

—Pero alguna idea tendrás.

Lo cierto es que sí. Pero aún no están suficientemente maduradas, no conectan bien, están desaliñadas. Siempre me pasa: tengo que dar unos cuantos rodeos hasta que consigo conectar los puntos y, ya sí, llegar a algo decente. Pero no pienso enseñarle nada que esté en un estado que pueda usar para hundirme.

—En serio, sigo trabajando en ello.

No eres mi jefa, quiero gritarle.

Ella suspira.

—Vale, de acuerdo. ¿Hablamos un poco de ideas generales? ¿Del cliente? ¿Cuentas similares? ¿Algo de lo que tirar?

No sé qué se me pasa por la cabeza, lo juro, de verdad, cuando le respondo con toda mi mala hostia.

—Ya te he dicho que estoy trabajando en ello y te lo enseñaré cuando tenga algo. Así que no hace falta. Si quieres hablar, hablemos de otras cosas. Por ejemplo, ¿qué tal el viernes? Pol te preguntó, pero yo no llegué a oír la respuesta. ¿Estuvo bien la noche? Me fui pronto.

Marina sigue de brazos cruzados, recostada contra la silla. Pero esta vez abre mucho los ojos y me mira completamente desconcertada. Luego baja la vista, como avergonzada. El rubor de las mejillas está en su punto. Noto cómo su respiración se vuelve un hilo.

Por fin levanta la vista y me mira, esta vez entrecerrando los ojos. Tarda bastante en responder.

—Mira —dice con mucha calma—. Si fueras otra persona, me levantaría y saldría por esa puerta ahora mismo. Pero como me caes bien…

Yo levanto las cejas, a propósito.

—Vale, quizá no me caes bien —corrige—. Pero como me generas curiosidad…

Curiosidad. Ahá. ¿De qué tipo de curiosidad hablamos? Ahora la miro extrañada. Ella intenta arreglarlo:

—Curiosidad por tu visión del proyecto —se apresura a corregir—. Y además, estamos juntas en esto… no lo voy a hacer.

Yo no digo nada. Es obvio que estamos echando un pulso. A ver cuál de las dos aguanta más.

Soy yo la que aguanta más. Ella se rinde.

—Mira, no sé qué te pasa conmigo, ni por qué estás así. Pero voy a ir de frente: ¿soy mejor que tú? No lo sé. Lo que sí sé es que te saco unos cinco años de experiencia profesional, y varios más en esta empresa, con cuentas gordas. Si te molesta, de acuerdo, lo acepto, pero mira, es la vida. A mí me pasó antes que a ti, ahora a ti te pasa conmigo, después le pasará a otra persona con respecto a ti.

La escucho sin hablar. Con la respiración cada vez más agitada. Odio que me sermoneen. Y ella, encima, se está calentando.

—Lo que quiero decir es que, desde el momento en que me han pedido que te acompañe en esta propuesta, no es solo tu responsabilidad: es mi responsabilidad también —se encarga de marcar el mi con fuerza, como si fuera una nota musical—. El lunes tenemos que llegar con algo bueno. Tú. Y yo. Así que, por favor, vamos a tomarnos esto en serio.

La desafío con la mirada.

—Tienes hasta el jueves —concluye—. Trae algo. Algo bueno. Ya reservo yo la sala.

Por fin se levanta y se va, dejándome sola.

Cuando vuelvo a mi sitio descubro que me ha mandado ya una invitación para el jueves, y me ha abierto un chat. Un chat, por cierto, que no habíamos usado nunca antes.

“Toma, briefings de referencia, algunos tienen un año o dos, otros son antiguos.”

Me manda cinco o seis adjuntos.

Sonrío. Creo que estoy empezando a sacarla de quicio.

Y me encanta.




Esa tarde trabajo duro en casa. No soy idiota. Una cosa es picar a Marina y otra llegar el lunes con una puta mierda. Necesito aprovechar la oportunidad, como sea.

Me leo los briefings que me ha enviado. Realmente contienen material aprovechable: enfoques buenos, diapositivas que casi podría clonar. Empiezo a respetarla. Un poco.

Cuando creo que tengo el esqueleto de algo decente, juntando sus propuestas con mis ideas y analizando todo lo que puedo encontrar del cliente, dejo el ordenador de lado. Me abro una cerveza y respiro un rato.

Intento dejar la mente en blanco, pero eso nunca se me dio muy bien. Se me escapa sin querer a la propuesta: este fleco, este otro, esto ahora lo cambiaría, esa otra frase la recortaría.

También a Marina. Las manos sosteniendo el vaso, los brazos cruzados, el pecho que sube y baja tras la tela de la camisa con una caída limpia y perfecta después de que le pregunte qué hizo el viernes. ¿Me he excedido? Puede ser. Si hace falta le pediré disculpas por haber sido algo así como “grosera”. Ha llegado la hora de que me ayude de verdad con la propuesta.

Por la noche pierdo el control que tanto me ha costado mantener durante el día. Me tumbo en la cama, cierro los ojos, le pido a Marina que me acompañe a la sala de reuniones. Lógicamente, en mi cabeza y a estas horas, la oficina está vacía; estamos solas. Supuestamente nos hemos quedado hasta tarde preparando la presentación.

Ella me alcanza en la sala de reuniones a la defensiva, con los brazos cruzados. Le propongo mirar la propuesta, pero en lugar de sentarse a mi lado, se queda de pie, detrás de mí. Yo paso diapositivas mientras ella pone una mano sobre mi cuello y lo acaricia muy suavemente.

Una vibración sorda me recorre el vientre.

—¿Qué haces? —me pongo de pie y me giro para preguntarle. Me enfrento a ella.

—¿No quieres?

Joder. Sí, sí que quiero.

¿Me atreveré a hacerlo? Creo que sí. Estoy a punto de traspasar todas las líneas rojas y no puedo evitarlo. Quiero hacerlo. Es solo en mi cabeza. No pasa nada, está todo bien.

Vamos. Hazlo.

—Joder, sí —musito, dejándole ver mi urgencia.

Ella me coge la cara con las manos y hunde su lengua en mi boca. Así lo quiero ahora: fuerte, intenso. La vibración se hace más intensa.

Me busco yo a mí misma, mientras ella me empuja y me pone contra la pared. Se pega contra mí. La noto muy cerca. Respira contra mi cuello y me susurra al oído:

—Vas a hacer lo que yo diga.

Un escalofrío me recorre entera.

Desabrocha con urgencia el botón de mi pantalón con la mano que tiene libre; con la otra me sujeta un brazo contra la pared. Yo gimo, ella hunde la mano dentro de mí. Siento su peso detrás mío, me empuja más, comienza a tocarme suavemente.

Yo jadeo, me tiemblan las piernas. Ella me sostiene con su cuerpo, no me deja caer. Sus dedos se mueven con precisión, como si supiera exactamente qué necesito. Y lo sabe. Joder, lo sabe.

Va a pasar, lo voy a hacer, supongo que es así como se hace, no estoy segura, nunca he estado con una chica, nunca he follado con una chica, pero si esto es lo que me hace uf ya o sea no sé si, no sé si, joder, joder, joder, JODER.

Llego rápido. Es fuerte.

Respiro hondo cuando termino.

Mierda.

Esto no me ha liberado en absoluto. Más bien se me está yendo completamente de las manos.




El miércoles consigo pasar desapercibida, pero el jueves nada me libra de sentarme en una sala con Marina a trabajar durante un buen rato. Tenemos mínimo para una hora, si no más.

Para entonces, he perdido parte de mi rabia inicial. Voy de niña buena, vestida con unos vaqueros elegantes y un suéter que creo que puede gustarle a Marina. Ella lleva un jersey de cuello vuelto muy fino, con manga tres cuartos, que le cae perfecto.

Cuando nos sentamos, solo pienso en quitarle la ropa. Respiro hondo y consigo centrarme en lo que tenemos que hacer, sin que se me note. Creo.

—Venga, enséñame qué tienes. ¿Te sirvió lo que te envié?

Marina parece ligeramente cansada; tiene trabajo por encima de sus posibilidades y yo tampoco se lo estoy poniendo muy fácil.

Saco la mejor de mis sonrisas y adopto un tono conciliador mientras proyecto la presentación en la pantalla de la sala.

—Sí, muchas gracias —me muestro suave y feliz, agachando las orejas. Necesito que esta reunión salga bien.

Por el proyecto.

Por mí.

Carraspeo y empiezo a presentar. Miro de reojo a Marina, que tiene la vista fija en la pantalla; está muy seria y toma de vez en cuando algunas notas. Me interrumpe poco, hace dos o tres preguntas; al final me pide que la pase otra vez.

—¿Y proyecciones? —pregunta cuando acabo.

Abro la hoja de cálculo, mi especialidad. He hecho cinco escenarios en vez de tres, con diferentes métricas de referencia. Ella se acerca para ver mejor la pantalla: se pone frente a mí. Desde ahí puedo ver mejor cómo se le marcan los músculos del cuello.

—Vale, todos los escenarios tienen sentido, pero creo que obviaría el uno y el cinco, no los necesitas.

Se gira y me pilla mirándola directamente a ella en lugar de a la pantalla. Muy intensamente. Desvía rápidamente la mirada, pero observo perfectamente cómo le sube ese rubor a las mejillas. A mí, sin embargo, se me aprieta la boca del estómago.

—Pues esto es todo —concluyo.

—Perfecto, a ver —finge repasar sus notas, pero yo estoy segura de que lo tiene todo en la cabeza—. Como punto de partida, está muy bien, Paula. Buen trabajo.

Pero…

—Pero creo que hay que afinar mucho más. La base es buena, pero a la propuesta le falta detalle, hay muchas dudas que aclarar. Y lo más importante, la estructura de campañas se entiende, los resultados que propones son sólidos, pero no entiendo la proyección temporal que haces.

Golpeo suavemente mi libreta con la punta del boli. Por aquí viene una de nuestras discrepancias principales.

—Verás —digo con mucha calma—, esto es una estrategia de medio y largo plazo. Quiero asentar bien la cuenta y generar el aprendizaje necesario para que, a partir del sexto mes, podamos escalar el crecimiento.

Ella se rasca una ceja y se muerde la boca por dentro. Está eligiendo las palabras de vuelta.

—Lo comprendo —responde, en el mismo tono suave y contenido que yo—, pero no lo comparto. Es una elección estratégica, obviamente. Pero somos un área dedicada a performance, solo les interesamos porque hacemos ventas. Plantear un escenario a medio plazo es, en el fondo, bastante agresivo.

—Confío en ello —me defiendo—. Sé que tú te mueves mucho más en estrategias a corto plazo y rentabilidad inmediata. Pero yo creo que el medio plazo puede rentar más.

Ella acusa el golpe. Mi comentario es exactamente lo que parece: una crítica sutil. Se cruza de brazos y esboza una sonrisa de medio lado, irónica, forzada.

—Estoy deseando ver tus resultados a medio plazo —deja caer.

Es obvio que la cuerda entre las dos ha empezado a tensarse. Otra vez.

—No confías mucho en mí —observo con delicadeza y amabilidad.

—No es eso. Solo digo que todo es más fácil cuando generas confianza y resultados desde el principio. Si les das eso, te va a resultar más sencillo que te compren las estrategias de medio y largo plazo. Como punto de partida, es arriesgado.

—Así que —concluyo, suave por fuera, quemada por dentro—, lo que propones es que lo hagamos a tu manera.

Me devuelve el comentario con ojos brillantes:

—Lo que te propongo es que lleguemos a un punto medio, ya que las dos tenemos que defender la propuesta.

Nos quedamos en silencio un momento. Me fijo por primera vez en que tiene los ojos claros. Me debato entre la realidad, donde no puedo evitar admirarla un poco y odiarla bastante, y mis fantasías, en las cuales ella ahora se levantaría, me cogería la cara con fuerza y me diría, acercando mucho los labios: “Déjame que te enseñe lo que vamos a hacer”.

Marina rompe el estado de suspensión en el que me encuentro con una lista de dudas y comentarios más o menos bien traídos. Cuando termina, cierra su libreta de golpe, se pone de pie y se acerca a la puerta:

—Necesito un poco de tiempo para mirar esto con más calma —la noto ligeramente angustiada—. Y no lo tengo. Tú mientras mira a ver qué se te ocurre para perfilar todas estas dudas, ¿has tomado nota?

No, no he tomado nota. Ha visto perfectamente como no escribía nada cuando recitaba su retahíla de frases.

—Sí —miento.

Pero creo que lo tengo todo.

Respira hondo antes de salir.

—No vamos a llegar —suena levemente desesperada cuando lo dice.

—Sí llegamos.

—No, no llegamos.

—Tenemos mañana. Y el lunes antes de la reunión.

—Mañana tengo reuniones toda la mañana. Y el lunes no podemos llegar con una presentación así sin terminar. Supongo que eres consciente de lo que vale esta cuenta y de lo que nos están pidiendo.

Odio sentir que me infravalora. Y que, en el fondo, se está quejando porque, según ella, yo no he hecho bien mis deberes, y estoy retrasándolo todo. Me pongo de pie, a su altura.

—Soy consciente.

Marina agarra el pomo de la puerta, lista para abrir.

—Haré lo que pueda. Pero es muy probable que nos toque trabajar el fin de semana.

Su mirada está cargada. La mía probablemente también.

—Cuento con ello —respondo civilizadamente.

Ninguna de las dos dice nada más, pero es obvio que tendremos que hacerlo. Nos vamos a nuestros sitios, calladitas, tensas.

Oficialmente, somos dos trenes a punto de descarrilar. Y ninguna de las dos parece dispuesta a echar el freno.




Pasamos partes del jueves y del viernes hablando por el chat. Marina le está dedicando mucho tiempo a la presentación, a pesar de que me dejó claro que no iba sobrada. Me pregunto si lo que he preparado es tan malo como para merecer toda su atención y cambiar sus prioridades.

“He añadido comentarios en varias diapositivas.”

“Lo veo.”

Voy añadiendo, puliendo, quitando.

Tiene razón en prácticamente todas sus observaciones. Y en las que pienso que no, es por cuestión de perspectiva, no por error.

“De todas maneras, está muy bien. Ya te lo dije. Es muy buen trabajo.”

Ya ya. Que sí, joder, que sí.

A estas alturas solo quiero que acabe esta semana, presentar la propuesta y empezar a trabajar. Y olvidarme de una vez de Marina, de su aire de superioridad y de la sensación de presencia de su cuerpo en mi organismo.

Yo le mando un gif de ida. Ella otro de vuelta. Al menos tiene algo de sentido del humor.

“Ya he revisado los comentarios.”

“¿Valían?”

Sí, claro. Ya sabe ella que valían.

“Sí.”

“Perfecto. Luego me quiero meter con la hoja de cálculo. Pero quizá no me dé tiempo.”

“Si quieres que mire algo específico, dime qué es y lo voy haciendo.”

“No te preocupes, es más bien pensar sobre lo que has puesto ahí, no mirar algo concreto. De todas maneras, mira los documentos de seguimiento global del departamento. Diría que las métricas que has usado de referencia están bien de saque, pero quizá puedas afinar.”

Le mando una canción de ida. Solo como muestra ligerísima de gratitud y aburrimiento. La letra va con segundas.

“Me encanta este grupo. Esta es mi favorita.”

Me manda otra de vuelta. Que también es mi favorita.

“¿Podrás quedar el fin de semana?”

Qué remedio, pienso, revolviéndome en mi asiento. No me hace gracia, lo reconozco.

“Sí, claro. ¿Domingo?”

“Mejor sábado. ¿Tienes planes?”

Claro que tengo planes. Pero no voy a estirar más esto.

“Los puedo cambiar.”

“O quedamos pronto. Tú eliges.”

“No sé. ¿Tipo siete de la tarde?”

“Vale.”

Suficientemente pronto para que luego me dé tiempo a llegar a algún sitio. Suficientemente tarde como para…

Paula. En serio. En qué estás pensando.

El viernes anuncio que me voy a ir a eso de las tres de la tarde. Pol está a punto de salir también, la mitad de la empresa abandona sus puestos. Ella dice en alto que se queda, aún tiene que terminar varias cosas que se le han acumulado por culpa de que yo no he querido trabajar con margen de tiempo.

—¿Te puedo ayudar con algo? —sugiero.

Pol me mira entre sorprendido y divertido.

—No, gracias.

La escucho teclear rápido y en el chat aparece una última notificación:

“Luego hablamos para quedar mañana.”

Me pregunto qué le impedía decir eso en alto. Un leve cosquilleo me atenaza la garganta durante un segundo.

Durante la tarde, espero el máximo de tiempo posible para escribirle. Quiero que lo haga ella primero. No lo hace. Y yo estoy nerviosa.

A eso de las ocho de la tarde, justo cuando se me ocurre coger el móvil para echar un último vistazo y proponerle algo, me entra un mensaje suyo.

“Perdona, no te pude escribir antes. He acabado tardísimo. ¿Qué tal?”

“Bien. ¿Mucho lío al final?”

“Sí, bastante.”

“Lo siento, igual te he retrasado.”

“No te preocupes, simplemente tengo trabajo de más. Estoy agotada. ¿Haces algo hoy?”

Su comentario me atraviesa como un puñal. De repente empiezo a sudar. ¿Me está proponiendo algo?

Claro que he quedado. Pero puedo cancelarlo absolutamente todo.

“No”, escribo, y que sea lo que dios quiera. Si me propone quedar, no tengo nada claro que vaya a decirle que no.

“Yo tampoco. Esta semana me ha dejado reventada. Y mañana tengo que rendir al máximo para una propuesta :-) Mejor descanso.”

Yo suelto el aire que había contenido. No puedo evitar sentir una pequeña decepción.

Porque de repente tengo…

Ganas.

No entiendo lo que me pasa con esta tía.

“¿Cómo quedamos mañana?”

“Dijiste siete, ¿no?”

Estoy pensando a todo trapo en cafeterías donde podríamos estar con los ordenadores, tener una conversación tranquila. Quizá tomarnos una copa después.

“Sí, siete está bien. ¿Se te ocurre algún sitio?”

“Siete ok. Podemos quedar en mi casa si quieres.”

Tardo mucho, mucho tiempo en reaccionar.

“Vale.”

Me manda la dirección. Añade:

“No traigas nada. Hasta mañana.”

Yo le devuelvo el emoji de cara amarilla lanzando un beso con forma de corazón. Toda una declaración de intenciones.


Si te ha gustado esta historia, en mis novelas publicadas encontrarás romances sáficos contemporáneos con más amor, más capas y más recorrido emocional. Descúbrelas en esta web y en mi página de autora en Amazon. ¡Te espero! ❤️‍🔥