Te odio y lo sabes.
Eso es lo que delata mi mirada en la reunión de seguimiento mensual, mientras Marina expone sus cuatro diapositivas con los resultados del mes. Mi reporte luce bastante menos.
Intento convencerme de mi valía recordando que soy nueva en la empresa: seis meses frente a los años que lleva ella. Y tengo menos experiencia: cinco años frente a sus diez. Pero en mi cabeza nada funciona.
Mi jefa le da la enhorabuena delante de mí y de Pol. Mírala, con las mejillas ligeramente sonrosadas. Como si le diera vergüenza todo esto.
Pol y yo nos echamos una mirada rápida que ya sabemos lo que significa. Luego miro a Marina y descubro que me está mirando con esa sonrisita de suficiencia.
A mí.
No a mi jefa. Tampoco a Pol. A mí.
Le encanta ser la mejor del departamento, es obvio. Y, por lo que me parece, le encanta restregármelo. Especialmente a mí, que soy la peor de los tres.
¿Eso es lo mejor que puedes hacer con tu vida? ¿Destacar en un departamento de tres personas, en una agencia de tres al cuarto? Anda y vete a tomar por culo.
Cuando salimos de allí, corro a refugiarme en mi pantalla. El paisaje de hojas de cálculo me calma; los dashboards de las herramientas que usamos acarician un poco mi orgullo herido.
No somos una agencia de tres al cuarto. Aquí trabajamos quinientas personas, para algunas de las marcas más importantes del país. Pertenezco al departamento de marketing digital, más concretamente al departamento de compra de tráfico en redes sociales, enfocado específicamente a venta de productos lifestyle.
Y no soy muy buena en lo que hago.
Reconozco que Marina me crispa los nervios. Si hay algo que una persona insegura no necesita, es alguien que haga de espejo infinito y multiplique su inseguridad cien veces.
Pero mira, Marina puede coger mi inseguridad y hacer raíces cuadradas con ella si es lo que le apetece. No me afecta. No. En absoluto. Creo que la tiene tomada conmigo desde hace tiempo. Es como si intentara batirme, cuando en realidad no lo necesita.
Esta noche hemos quedado unos cuantos de la empresa. Marina, por supuesto, va. No se pierde una. Entra media hora tarde y pide un gin tonic sin mirar la carta. Se encarga de contarle a todo el mundo que viene de no sé dónde, de hacer no sé qué. Una obra de teatro tan moderna como ella u otra cosa por el estilo.
Yo me aferro a Pol, que tiene asumido el rol de padre joven conmigo. No me preocupa demasiado si se piensa algo extraño. Es guapo. De todas maneras, creo que es marica.
Estamos en uno de esos lugares de Malasaña que hace cinco años era antros y ahora ponen las copas más caras de la ciudad. Todo está oscuro; las botellas lanzan destellos de cristal contra las paredes.
Intento hablar con más gente de la empresa; estoy desesperada por socializar y hacerme un hueco allí antes de que se me acabe el contrato de prueba. Por si acaso preguntan a cualquiera de los que están allí, quiero que digan que Paula es una tía a la que merece la pena contratar. Legal. Buena compañera. No como otras, con buenos resultados pero mucho, mucho más soberbias.
El problema es que la insoportable de Marina se cuela todo el rato en mi radar, como un ruido de fondo. Se esfuerza por colarse en cualquier conversación que esté teniendo. Y como en general parece caer bien a todo el mundo, enseguida la aceptan y me roba el protagonismo.
No podrá dejarme en paz. Un rato aunque sea, por favor.
Intenta dirigirse a mí varias veces, pero yo casi siempre le giro la cara o le suelto una sonrisilla estúpida para que piense que no sé hablar. O para que se dé cuenta, de forma clara, cortés y educada, de que no quiero tener nada que ver con ella.
Al final me pone un chupito en la mano; brinda ella sola contra el vasito porque yo no muevo la mano y lo bebe de un trago. Yo le sostengo la mirada sin beber aún, envalentonada por el alcohol.
Mirándola fijamente.
—Qué seria estás —me hace notar, inclinándose sobre mi oreja.
—Sí.
El alcohol habla por mí.
—¿Qué tal tus primeros meses? ¿Es lo que esperabas?
No, no es lo que esperaba. Sería mejor si no estuvieras tú haciendo sombra a todo lo que se menea.
—Sí, más o menos.
—Si te puedo ayudar con algo, me tienes ahí.
Me pone la mano sobre el hombro y aprieta suavemente. Qué falsa.
Se da la vuelta y se marcha, consciente de que no tiene nada más que hacer conmigo. Me fijo en que lleva una camiseta con las mangas arremangadas, un vaquero de buen corte y unos tenis blancos. Se va a darle la tabarra a Javi, el de ventas. De repente parecen muy amigos. Quizá tengan algo.
Aparece Pol a mi derecha.
—¿Hablando con tu mejor amiga?
—Obvio. —Por fin me bebo el chupito. De un trago—. ¿Y esos dos?
Les señalo.
—¿Marina y Javi?
—Sí.
—Qué dices.
—No sé. Mucha química veo yo ahí.
—¿Química? Lo dudo. Javi no sé. Pero Marina es bollera, tía.
El comentario de Pol me frunce el ceño de manera automática. Lo escucho de fondo, pero perfectamente nítido, por encima del ruido del local y de la bruma mental de las dos copas que llevo.
—Perdona, ¿bollera es un término poco amigable? —continúa Pol, interminable—. No estoy seguro. Lesbiana. Queer. No sé, lo que sea. Aunque vete tú a saber: en los tiempos que corren, cualquiera…
—¿Bollera? —le interrumpo.
—Sí, eso. Hasta donde yo sé. Igual es bi. ¿Tú también eres bi?
No, no soy bi. Que yo sepa. Hasta hace cinco meses estuve con Álvaro. Dos años antes, con un Javier de los cientos de miles que hay en este país. Tres años antes, con Raúl. Y antes de Raúl ya ni me acuerdo: si hubo más, han prescrito. Todos tenemos derecho al olvido.
Pol no espera mi respuesta; sigue elaborando su discurso sin parar:
—Imagino que serán amigos, sin más. Llevan varios años en la empresa. Supongo que Marina se llevará a las chicas de calle, ¿no crees? Es muy guapa, me encanta su estilo. Y encima es jodidamente lista. No inteligente, no: lista. ¿A ti no te lo parece? O sea, aunque no te gusten las chicas, que es guapa es un hecho objetivo, ¿no?
Joder, Pol. Cállate. Pol tiene opiniones sobre todo, es insoportable. Me siento abrumada por su conversación. O por otras cosas. Yo qué sé. Me abruman entre todos.
Me marcho de allí despidiéndome lo justo, sin mirar atrás. Supongo que Pol sigue haciendo de las suyas, dando vueltas como una peonza entre grupos, y que Marina seguirá hablando con Javi o, en su defecto, con alguna de las tías que puedan estar disponibles hoy, aquí.
Ese día acaba convirtiéndose en una putada. Por la mañana, el repasito de Marina enseñando los números brillantes de su cartera de clientes. Por la noche, un coñazo de copas. De madrugada, cuando llego a casa, contrariada y un poco jodida ya no sé ni por qué, me acuesto y dejo que mi cabeza dé vueltas, acunada cálidamente por la ginebra. Algo bastante tóxico.
Suelo tener fantasías. Fantasías de tipo corporativo. Pensamientos donde, literalmente, alcanzo resultados demenciales. Mi jefa me da la enhorabuena. El jefe de mi jefa también. La directora de la compañía se acerca a saludarme y hace una ligera mención, para que no se me suba a la cabeza pero me conste que la “empresa”, como ente, se ha fijado en mí.
En esas fantasías, arruino las presentaciones de Marina. Le doy una cura de humildad a través de mi propia soberbia. Ejecuto mi venganza a golpe de KPI, como a mí me gusta.
Noto cómo se inquieta, primero, y se enfada, después. A veces, se levanta y sale de la sala, incapaz de observar mis resultados. En otras, noto que me mira con admiración y respeto.
Pol normalmente no aparece.
Pero esa puta noche es distinta. Esa noche ya he presentado esos resultados fantásticos y estamos celebrando en el mismo garito de Malasaña en el que hemos quedado. Marina me busca de forma constante, tanto como yo la evito. Hasta que ya no se puede más y nos acabamos encontrando en un pasillo vacío, de camino al baño.
Ella me frena, “contigo quería yo hablar”. “¿Qué quieres?”, pregunto, muy borde. Realmente no tengo tiempo para ella, me están pasando cosas alucinantes en la empresa y una de ellas no es pararme a escucharla. Pero ella insiste: “Es brutal lo que has presentado esta mañana”. Pausa. “Deberíamos trabajar más juntas.” Pausa. Noto que me toca suavemente la mano y… se acerca con esos labios tan… carnosos que tiene y…
Entonces yo salgo de mi ensoñación, hiperventilando, y me pregunto en qué cojones estoy pensando.
La noche no hace más que empeorar cuando, completamente en contra de mi voluntad, recreo la escena una y otra vez, hasta el punto de que Marina casi, casi, casi llega a mis labios.
¿Me interesan las mujeres? No. ¿He pensado alguna vez en mujeres? Sí. ¿Significa eso que quiero algo con alguna mujer? No. ¿Significa eso que no me importa tener fantasías con mujeres? Correcto. ¿Tiene todo esto algún sentido? Ninguno.
Pero supongo que no es algo que pueda tamizar con la razón para encontrarle significado. Deduzco que tiene que ver con la química, con la emoción. Siempre he tenido una imaginación desbordante, aunque ahora no la use de forma productiva.
Me deslizo por la pantalla del Excel como quien hace puenting, que es un poco lo que llevo haciendo todo el fin de semana. Dios. Qué caos.
A Marina no le valía con ocupar mis fantasías de trabajo, no. Este fin de semana se ha instalado en mi cabeza y ha hecho cosas. Otras cosas. Odio a Pol. Odio a Marina. Pero no pasa nada. Es una chorrada que durará cuatro días.
En ese momento Marina pasa por detrás de mí y me da un toque suave en el hombro a modo de saludo, lo cual, literalmente, me lanza una descarga directa al estómago. Joder. Vale. Igual no es cosa de cuatro días. Pero le doy cinco o seis, como mucho.
—Buenos días —suena feliz, pletórica.
Yo no desvío la mirada de mi pantalla; si acaso, me concentro más. No respondo. Pol, como siempre, a lo suyo:
—Alguien parece muy contenta, ¿no? ¿Qué tal acabaste la noche? —le pregunta en tono de complicidad.
¿Ahora son amigos? Lo que me faltaba. No me quedan aliados en esta planta.
No les miro, pero siento la conversación, el movimiento que se produce a mis espaldas.
—Jaja —responde Marina—. Mucho quieres saber tú.
—No sé. Me pareció que te ibas muy bien acompañada.
Yo cierro los ojos muy fuerte. Tan fuerte que puede que las pestañas me dejen marca en la piel.
Y yo, mientras tanto, con mi estúpida inventiva, mis absurdas fant…
—Marina, Paula: a mi despacho.
La voz de mi jefa me devuelve de golpe a la vida. Y no presagia nada bueno.
Sigo sin mirar a Marina cuando me siento en la silla frente a la mesa de mi jefa. Ella toma asiento en la de al lado. Mi jefa, como siempre, al grano y sin mirarnos; nos cuenta todo esto al mismo tiempo que responde correos.
—Os confirmo que nos ha entrado la cuenta de Signals. Se cerró el viernes por la tarde.
Yo abro la boca para decir algo, pero Marina se adelanta:
—Qué buena noticia.
—Lo es. Pol está hasta arriba, y a ti, Marina, literalmente no te cabe nada más, lo sé, soy consciente de ello. Esta cuenta va para Paula.
—Entendido —digo yo, casi tartamudeando. Por fin me dejan hablar.
—Pero…
Mi jefa sigue hablando como si yo no hubiera dicho nada y no existiera. Escribe rápido clap clap clap, revisa lo que hay en la pantalla y da un clic, probablemente “enviar”.
—Marina —continúa—, quiero que te involucres en el setup, el onboarding y el diseño de la estrategia con Paula, ¿de acuerdo? Luego ya ejecuta ella.
Mi jefa se vuelve y me mira fijamente. Lo que hace es lógico, desde un punto de vista empresarial: poner a su mejor recurso a ayudar a la nueva, a la última en llegar. A la peor. Sé que no está intentando humillarme. Pero lo consigue.
Me sube el calor a las mejillas. Un calor que reúne el bochorno que siento, la confusión del fin de semana y, quizá, lo que en esos meses pueda ser interpretado como “insuficiencia” o “incompetencia” por mi parte.
No respondo. Tampoco doy las gracias, ni porque me asigne a Marina como mentora ni porque me confíen una cuenta estratégica tan importante. Aún a riesgo de quedar como una auténtica gilipollas.
—Por supuesto —Marina se apresura a llenar el silencio por las dos. Lo cual le hace quedar sistemáticamente por encima.
—Tenéis una semana para presentarme el plan. Este viernes. O el lunes siguiente. Lunes, mejor. Os doy el fin de semana de tiempo extra.
Me levanto de allí y me marcho, completamente aplastada.
Al salir me siento en mi sitio como si nada de esto hubiera sucedido. Es Marina la que aparece de repente detrás mío y me sugiere que nos sentemos juntas a organizarnos.
—¿En media hora?
—Vale —respondo lacónica.
Esa media hora es puta gasolina para mi maltrecho corazón. Uso una de mis estrategias demoledoras para evitar perder el control: pensar en cómo revertir la situación. Si lo hago bien —procedo a enumerar— puedo:
Uno: usar a Marina en mi propio beneficio para proyectar una estrategia convincente.
Dos: en caso de que no sea convincente, echarle sutilmente la culpa para depurar responsabilidades delante de mi jefa.
Tres: demostrarle que soy, como mínimo, tan buena como ella. Solo que todavía no he tenido la oportunidad de demostrarlo. Y sí, se lo voy a demostrar.
Cuatro: hacer que esto funcione y anotarme un tanto en la compañía. Hacer realidad esas fantasías que atesoro en forma de PowerPoint con gráficos ascendentes y múltiplos delirantes.
Cinco: …
Aprieto los labios. La quinta me la guardo para mí.
—¿Vamos?
—Sí.
Nos metemos en una de esas salitas acristaladas en las que nos ve todo el mundo. Pol, por supuesto, ya se ha enterado y nos ha dado la enhorabuena. A las dos.
Ella ni siquiera se sienta:
—Perdona, tengo quince minutos —cierra los ojos y se sujeta las sienes, como si fuera la puta persona más ocupada del mundo—. Escucha, esta semana estoy a muerte con cosas. Voy a ver cómo podemos hacer esto, uhm… quizá podamos agendarnos media hora a diario desde esta tarde y…
—Espera —la interrumpo.
Ella abre los ojos y me mira. Tiene otra vez las mejillas enrojecidas, ese efecto óptico que parece pasarle solo conmigo. Está disfrutando de todo esto, obvio.
Todavía no sé muy bien lo que voy a decir, pero hago acopio de toda la seguridad que he podido generar en mis treinta y cinco años de vida y regreso a la conversación, esta vez cargada de plomo:
—Lo primero —me escucho decir, como si fuera otra persona—, según he podido entender, este es mi proyecto, no el tuyo. Eso quiere decir que es mi responsabilidad, no la tuya. Así que, por favor, deja de agobiarte.
“De esa manera tan teatral y descarada”, estoy a punto de decirle. Por suerte soy capaz de contenerme.
Ella respira hondo y me mira fijamente, afilando los ojos. Se ha dado cuenta de que estamos entrando en modo combate.
Bien.
—¿Qué propones? —me pregunta suavemente.
Yo relleno unas cuantas filas de Excel en mi cabeza, aplico un filtro, obtengo una conclusión.
—Preparo un primer briefing. Lo vemos juntas el jueves o viernes. Lo cerramos ahí y lo presento el lunes. Ya está.
Ella sonríe, irónica.
—Ya está —repite.
—Ya está —corroboro, muy tranquila en apariencia. Aunque el corazón me va a mil por hora. Y creo que no es solo por el maldito proyecto.
Nos quedamos un momento en silencio.
—De acuerdo —concede, con un tono de voz muy amigable. Escucho el mecanismo de la trampa sonando desde aquí—. Lo haremos como tú dices.
—Pues ya está —me levanto para irme.
Ella no se mueve.
—Reserva una sala ya, para el jueves. Una hora —me desafía, de brazos cruzados, al fondo de la sala.
—Mejor te aviso cuando lo tenga.
—Mañana quince minutos para ver por dónde vas.
Nos miramos. Ella proyecta toda su envergadura sobre mí. Sus pómulos marcados. Su rostro ligeramente inquieto, como tratando de entenderme. La cabeza suavemente ladeada. Los brazos tensos, cruzados, protegiéndose de mí.
Me pregunto con quién se iría el sábado. Y si se ha tirado a otras tías de esta oficina. Somos quinientos. Supongo que sí.
—Vale —concedo.
Salgo antes de que, entre las dos, acabemos con el oxígeno de la sala.
Si te ha gustado esta historia, en mis novelas publicadas encontrarás romances sáficos contemporáneos con más amor, más capas y más recorrido emocional. Descúbrelas en esta web y en mi página de autora en Amazon. ¡Te espero! ❤️🔥