Te odio y otras mentiras


Parte 3 (final)

El sábado toco el timbre del portal con los dedos húmedos. Reconozco que estoy nerviosa. No “algo” o “muy”, ni siquiera “bastante”: la palabra es “demasiado”.

Me enfrento a esta reunión profesional como quien va a una cita donde podría llegar a suceder algo irreversible.

Eso es lo que me inquieta.

Marina abre sin preguntar, y yo cojo el ascensor pensando que debo enfrentarme a las consecuencias de mis actos.

Si sucede (¿el qué?), que no va a suceder… Pero si sucediera, (¿pero el qué?)...

Insisto: si sucediera, y ya sabes a lo que me refiero, no me voy a echar atrás.

No.

De ninguna manera.

El piso de Marina es bonito: una estancia muy amplia, bien distribuida y decorada. Con gusto, como ella. Hay más puertas, un pasillo. No se molesta en enseñarme el resto de la casa; me señala una mesa de madera ancha frente a un ventanal con vistas a los tejados de la zona y me invita a sentarme.

Yo saco el portátil y el vino que he comprado.

—Te dije que no trajeras nada.

—Ya.

—¿Lo abro ya o prefieres otra cosa ahora? Agua, cerveza, refrescos…

—Agua está bien, gracias.

Así me aseguro de tragar saliva de forma convincente. Porque tengo la garganta un tanto cerrada.

—He preparado algo de picar, pero mejor más tarde, ¿no?

—Sí —respondo, no muy convencida. ¿Cuándo es “más tarde”?

—Venga, vamos con esto.

Marina tiene hoy ese exceso de energía que suele mostrar a menudo, especialmente cuando presenta sus números, sus resultados, sus propuestas. Lleva puesta una sudadera, un pantalón de pinzas de aspecto cómodo, y calcetines lisos rojos. Sin zapatillas.

Es preciosa. Siento un cosquilleo imposible por el cuerpo cuando la miro y la veo así.

Ella me observa de forma penetrante.

—Te queda bien ese suéter rojo —señala—. A juego con mis calcetines.

—¿Quieres que me descalce? —le pregunto.

—No, me da igual. Como tú estés más cómoda —responde, mirando la pantalla—. Ven, acércate.

Yo desplazo la silla y me coloco a su lado. Suficientemente lejos para mantener la distancia de seguridad; suficientemente cerca como para oler su perfume y el olor a champú.

Pienso en la ducha tan larga, tan caliente, que me he dado antes de vestirme y venir.

—A ver, creo que la presentación ya está casi lista. En lo que he trabajado más es en las propuestas de la hoja de cálculo. Fíjate en esto.

Durante los siguientes treinta minutos me lanza un speech acerca de las propuestas que ha retocado, y por qué cree que sirven mejor a los objetivos. Ha fusionado mi propuesta de estrategia a largo plazo con una versión que provoca un rendimiento más temprano y que justifica el exceso de inversión por el entrenamiento del algoritmo.

Me explica, uno a uno, cada escenario. Me da todas las explicaciones técnicas pertinentes. Incluso un par de trucos en los que yo no había caído pero, sin duda, redondean mejor la visión de conjunto.

Yo sigo el rastro de su dedo sobre la hoja de cálculo, pensando que me está tocando a mí y no a una fría pantalla. Me viene un temblor.

—¿Qué opinas? —termina.

Yo respiro, exhausta, como si viniera de correr una maratón. La realidad es que, a estas alturas, no opino nada: estoy completamente absorta en sus ojos, en la manera en la que mueve las manos señalando cosas por la pantalla, en el recogido que se ha hecho y que deja su nuca al descubierto.

Tengo un problema con esta persona. Y es un problema real.

—Está bien —respondo.

Hace horas que me rendí a la evidencia de que Marina es mejor que yo, tiene más experiencia, sus propuestas tienen sentido.

Y a la evidencia de que estoy empezando a sentir algo caliente, fluido, en mi vientre. Algo sobre lo que estoy perdiendo completamente el control. Algo que deseo muy fuerte y me provoca mucha angustia a la vez.

—Vale —dice—. ¿Solo eso?

Me mira con sorpresa.

¿Solo eso? Dime qué más quieres.

Me repongo a tiempo para responder algo coherente, lógico:

—Sí, creo que está bien así.

—Ha sido fácil, al final. Ponernos de acuerdo, me refiero. ¿Echamos un último vistazo a todo?

—Venga.

Comentamos rápido todas las diapositivas. Me propone ajustes orientados a la exposición con mi jefa. Al final, concluye:

—Te sugiero que cierres con estas dos opciones, y señales cuál es tu recomendación. Pero deja que ella decida. Le encanta tener la última palabra. Pero, para entonces, tú ya la habrás convencido de lo que quieres que elija.

Yo la miro, encargando una ceja.

—Muy buena. Y muy manipuladora.

—Qué quieres, nos dedicamos al marketing.

Nos reímos.

—Gracias por toda la ayuda —insisto.

—No ha sido nada, es parte del trabajo. Y en la reunión, aunque te presentes tú, tira de mí todo lo que necesites. Y cuando empiece el trabajo duro, por supuesto, también.

¿Y ahora?

Carraspeo.

—Ya, bueno. Debes de estar contentísima con que nos hayan puesto a trabajar juntas. No he hecho más que ralentizarte esta semana.

Así, de niña buena, un poco aduladora. Es hora de empezar a desplegar, suavemente, mis cartas sobre la mesa. Sin ningún propósito. Solo que las vea. Un poco.

—¿Qué dices? —me mira, sorprendida—. Ha estado muy bien. Además, ya te lo dije: la propuesta de partida era de nivel alto. Eres buena, Paula. Muy buena.

Su halago me sorprende y me desarma.

—Ya, no sé. Creo que me falta muchísimo.

—Te falta como nos ha faltado a todos. Pero lo coges todo muy rápido. Y tienes buena visión. Voy a por el vino.

Se levanta y se va a la estancia de al lado. Seguimos hablando:

—No sé —insisto—. Yo creo que se están arrepintiendo de haberme contratado. Seguro que tenían opciones mejores.

Marina vuelve con la botella abierta y dos copas.

—No había opciones mejores, créeme.

—Eso no lo puedes saber.

Sirve las dos copas, con tacto y saber hacer.

—Ah, sí que lo sé —comenta, sin darle demasiada importancia—. Fui yo la que revisé, de forma anónima, las pruebas de todos los candidatos finalistas para elegir a quién contratábamos. Las tuyas eran las mejores. Sin duda.

Hace un pequeño giro de muñeca para evitar que se escape una gota de vino tinto. Yo me quedo clavada mirando el líquido, luego me giro y la miro a ella.

Yo no respondo. Nos miramos a los ojos. Esta vez sin presentación ni combate intelectual de por medio.

Ahora ya no sé si, durante todo este tiempo, esos gestos y detalles que pensaba que tenía contra mí eran en realidad su manera de acompañarme y protegerme.

El aire está empezando a cambiar entre las dos. Se está haciendo más extraño, más denso. Empieza a desplazarse a nuestro alrededor. Y nosotras con él.

Yo sigo sentada; Marina de pie, con la botella en alto. La deja suavemente sobre la mesa y dice:

—Voy a traer las cosas que había preparado.

La sensación de tensión se desvanece un momento.




¿Me gustan las mujeres? No lo sé. ¿Me atrae Marina? De forma irremediable. ¿Necesito besarla? Sí. Y es urgente.

Estamos en su sofá. Nos hemos desplazado aquí dos copas de vino más tarde. Ahora ha preparado algo más fuerte: un gin tonic que me dejará al borde exacto para irme y salvarme o quedarme a una más y ceder al descontrol.

Me ha resumido su trayectoria profesional, yo la mía. Bordeamos la parte personal con sutileza. Hace un rato que dejamos de hablar de la presentación y de la empresa. Hay música suave de fondo, lo suficientemente alta para que nos escuchemos bien pero también para tapar nuestros silencios, escasos.

Ahora, justo, llega otro silencio. Me tiembla un poco la mano cuando cojo el gin tonic a medias y le doy un trago mirándola a la cara.

No estoy relajada. No estoy a gusto. Estoy muy tensa; me siento rígida en el sofá, al borde todo el tiempo, como si quisiera escapar de algo que está a punto de suceder porque no sé si estoy preparada.

Es verdad: no sé si estoy preparada.

Pero me muero de ganas de hacerlo.

Mi cuerpo se prepara para saltar en cualquier momento. Mierda. Las fantasías de los últimos días no han hecho más que agravar el problema. Tenerla delante, devolviéndome la mirada y sonriéndome, no me ayuda.

Estamos en medio de un campo magnético. Tengo que decidirme. Creo que voy a meter la pata. Voy a ser insolente.

Fuera ya es de noche. ¿Alguien puede decirme la hora?

—Me voy a ir —digo, tratando de sonar convencida. Es mentira, solo es una primera tentativa de algo. Un farol que trato de lanzar al aire a ver si alguien lo recoge.

Ella se encoge de hombros.

—¿Ya? Vale.

¿No va a hacer el esfuerzo de retenerme? Creo que no hay nada que hacer aquí.

Yo me aguanto un segundo, dos, tres, antes de levantarme. No era el plan. Busco en mi archivo mental algo que llevarme a la boca.

—Así que te genero curiosidad, ¿eh?

No hace falta que acuda a las profundidades de mi mente: este pensamiento lleva días flotando en la superficie, dándome el coñazo.

Ella se ríe.

—Sí.

—¿Y eso qué significa? O sea, ¿en qué sentido?

Trato de agitar el avispero.

—¿En qué sentido? —simula recapacitar—. Uhm… no sé. No creo que tenga que explicarte el significado de la palabra curiosidad.

Le da otro trago al gin tonic y lo aparta, lejos de ella.

—Explícamelo tú. ¿No tienes curiosidad, tú?

Capto, o creo captar, o simplemente me invento, todas las capas de mensajes que encierra esa pregunta.

Bebo otro trago más. Yo también aparto la copa lejos de mí. El calor que tengo es insoportable. Y ella tiene las mejillas más encendidas que nunca.

Empiezo a entender qué significa ese rubor. Y no era exactamente lo que yo pensaba.

—Ya sí que me voy —insisto. Es lo mejor, me repito.

—Puedes irte cuando quieras —se ríe.

Estás jugando conmigo. Quieres que sea yo la que saque la última carta, ¿verdad?

—Pues va a ser ya.

—Vale —se queda un segundo callada. Me mira con ojos brillantes, hambrientos—. Me darás un beso de despedida, ¿no?

El aire se comprime y luego desaparece de la habitación. Yo apenas respiro.

—Claro.




Apenas me da tiempo a reflexionar, pero da igual, ya lo traía todo pensado de casa.

Yo querría recrearme en este instante, pero mi cuerpo no me deja. Siento un tirón imposible de gobernar; me precipita.

Tan solo me da tiempo a respirar su aliento.

Luego mis labios rozan los suyos, los empujan, los abren.

Su lengua me atraviesa el cuerpo, y no porque la hunda en mi boca, como hacía en mis fantasías: al contrario, juega conmigo suave, dulce.

Esa cosa blanda y caliente del vientre se agrava. Empieza a volverse insoportable.

Nos separamos y nos miramos un momento, con los ojos llenos de algo que podría ser desconcierto, sorpresa o preocupación. La mirada apenas dura. Resolvemos la inquietud en segundos, decidiendo que queremos seguir adelante con ello.

Ya no paramos. Ella me busca la boca, yo la recorro con los labios, los muerdo suavemente y tiro de ellos, jugamos un poco con las lenguas.

Noto su mano en mi cadera, empujándome un poco hacia sí, y yo me dejo llevar y me siento a horcajadas sobre ella. No controlo en absoluto mi cuerpo, que empieza a moverse sobre ella con una cadencia que me resulta cada vez más insoportable. La oigo gemir. Me escucho gemir a mí misma.

Estoy a punto de deshacerme y de morirme de miedo, todo a la vez.

—Espera —susurra.

Paramos un momento. Ella se quita la sudadera y la camiseta que lleva debajo. No lleva puesto sujetador. Me quita el suéter y el sujetador. Tira del botón del pantalón, dejándolo abierto.

—Ya —casi no se le escucha. Solo mira mis pechos y los acaricia suavemente.

Su tacto me lleva otra vez al punto de ignición.

Volvemos a la carga, colisionamos. En algún momento nos quedamos quietas, mirándonos. Ninguna de las dos dice nada. A mí me comen la vergüenza y el deseo, la extrañeza y la inquietud a partes iguales.

Me propone que nos quitemos todo. Me lleva a algún lugar de la casa donde hay una cama, a oscuras, y me empuja sobre ella.

La quiero encima, y la quiero ya. Se lo digo, pero justo cuando se coloca siento una punzada de pánico.

—Un momento —le pido.

—Qué pasa.

Estamos a oscuras, jadeo sin control. No sé cómo decirle esto.

—No he estado nunca con una mujer.

Silencio. Me alegro de no poder ver la expresión de su cara. Ella no cambia de postura, pero sí afloja la presión de sus manos en mis muñecas. Noto como su cuerpo se tensa y se revuelve suavemente sobre el mío.

Tengo miedo de haber roto el momento.

—Vale. —Otra pausa—. Pero quieres, ¿no? ¿Prefieres que lo dejemos?

El corazón me da tan fuerte en el pecho que apenas escucho otra cosa.

No joder, no. No quiero dejarlo. Necesito que termine lo que ha empezado, quiero ver si de verdad hay algo aquí.

—Sí. Por favor. Pero… no sé. Es como que…

Ella se inclina sobre mí y comienza a besarme, más dulce aún.

—Tranquila, vamos poco a poco. Si necesitas parar, u otra cosa, solo dímelo.

Un momento más tarde está encima de mi cuerpo. Entra dentro de mí; yo me arqueo. Nos movemos al ritmo que ella impone, yo me acoplo y le voy pidiendo más, poco a poco. No puedo evitar comparar, pero esto no se siente igual a nada que haya tenido antes.

Estoy demasiado tensa. Por un momento pienso en invocar fantasías. Hombres, para ser más exacta. No estoy segura de si esto va a funcionar. Los nervios no me dejan sentir bien.

Pero es precisamente cuando la invoco a ella, cuando abro los ojos en la oscuridad y la noto encima de mí, a Marina, con su peso y su forma, siento que todo se coloca.

Empiezo a gemir a pesar de que no quiero, no quiero, te lo juro, no quiero mostrarme así ante ella, pero ella está notando lo que me gusta y lo está haciendo más, más seguido, más intenso, la agarro más fuerte, ella se abraza a mí, me besa suave a la vez, yo no sé, no sé si es así como follan las tías, pero joder, si es esto, joder, joder, joder...

Llego al orgasmo casi sin respiración, ahogada de tanto que me he contenido. Y me revienta.

Marina se deja caer sobre mí; yo le acaricio la espalda. En ese momento solo pienso en la reunión del lunes, y en que en esa reunión estaré pensando precisamente en este mismo momento.

Va a ser un puto desastre.




El corazón de Marina late contra mi pecho. El mío va igual de rápido. Nos quedamos así un rato, en silencio. Su peso sobre mí me resulta extrañamente reconfortante. Natural.

—Me encanta tu pelo así —susurra, enredando los dedos en él—. Qué ganas tenía de hacer esto.

Su comentario me da pie a preguntar algo que tengo encajado en la garganta.

—Oye, esto… no he sido solo yo, ¿no? —pregunto, un poco inquieta.

—No. Llevo tiempo mirándote —me susurra al oído, muy bajito—. Pero no estaba segura de que interesaran las chicas.

Todavía no sé qué responder en voz alta a esa cuestión.

—¿Y para ti? ¿Qué es esto? —comienza a besarme el cuello mientras yo me derrito y me revuelvo de placer—. Pensaba que habrías estado con otras chicas.

Pienso en todos los tíos con los que he estado. Con ninguno he sentido este vértigo, este terror, este latido.

—No lo sé —respondo, sinceramente—. Lo que sí sé es que te deseo muy fuerte. Me he vuelto un poco loca contigo. Esta semana no he dejado de pensar en ti.

Lo cual me asusta. Pero no quiero que pare.

Me ahorro decirle que todo fue culpa de Pol. Saber que le gustaban las mujeres lo desató todo. Pero, honestamente, creo que ya venía de lejos. Pol solo consiguió abrir mis compuertas. Poner nombre y convertir en posibilidad algo que ya habitaba dentro de mí.

Ahora sus labios están a milímetros de los míos. Y yo estoy sintiendo cosas que no tienen nombre.

—Y yo que creía que te caía fatal —me dice.

Ella me besa. Despacio esta vez. Como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Y algo dentro de mí se abre completamente. Cuando nos separamos, me mira de una forma que me deja exhausta.

No tengo palabras para lo que está pasando. Por suerte, mi cuerpo parece entenderlas todas, mejor que yo.

—Y me caías mal, te lo juro —nos reímos—. Yo pensaba que estabas intentando humillarme todo el tiempo.

—¿En serio? Solo estaba intentando caerte bien. Impresionarte. Que te fijaras en mí.

—Realmente lo conseguiste.

Se coloca sobre mí de nuevo, esta vez más despacio. Me besa el cuello, los hombros, va bajando. Sus manos me acarician con una delicadeza que me hace temblar.

—Dime qué te apetece —susurra contra mi abdomen.

—No lo sé —admito, sintiéndome expuesta y excitada a la vez.

—Vamos a descubrirlo juntas.

Entonces baja más y yo cierro los ojos. Esta vez soy completamente consciente de cada sensación, de cada roce, de cada segundo. No hay urgencia ahora. Solo ella y yo, y esto que estamos creando.

Esta vez es diferente. Más hondo. Y cuando abro los ojos y la veo mirándome, con esa sonrisa satisfecha y tierna a la vez, como si fuera ella la que hubiera llegado hasta el final y no yo, siento que algo ha cambiado entre nosotras. Para siempre.

—Déjame a mí ahora —le pido, mientras la beso con una profundidad que me sorprende a mí misma, justo antes de empujarla suavemente y tumbarla sobre la cama.

No estoy segura de hacerlo bien, pero me dejo llevar. Intento seguir la línea de puntos que me lleva hasta Marina. Intento ser consciente de lo que hago, pero es mi cuerpo el que decide, poco a poco, leyendo su cuerpo, sus reacciones.

Cuando ella termina temblando en mi boca también sé que, pase lo que pase entre nosotras, esta noche me dejará una huella imborrable. Jamás volveré a ser exactamente la misma persona que era.




Empieza a entrar luz por la ventana. Yo estoy tumbada de lado. Marina me tiene abrazada por detrás: no me quiere soltar, ya me lo ha dicho. Sus caricias y besos están desplazando algo dentro de mí. Y creo que no piensa volver a su sitio. Hemos hecho más cosas, más veces. Y ahora solo quiero mantenerme allí, aferrada.

Hacerlo durar lo máximo posible.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—Sí —me sale un poco vacío.

—¿Qué pasa?

—Nada. Uf, estoy… pensando en mañana.

Ella se ríe y vuelve a besarme. Una cadena de besos suaves en el hombro.

—¿Qué te preocupa? Mañana haremos como si nada de esto hubiera pasado.

Eso es exactamente lo que me preocupa.

—Saldrá bien —insiste.

—¿Y luego?

—¿Luego cuándo?

—Ya sabes a lo que me refiero.

Ella se toma su tiempo para responder.

—Luego… ¿a ti qué te apetece? ¿Te rompe mucho esto que ha pasado?

No lo sé. No sé cuánto me rompe. Necesito procesar. O no. Igual siempre estuvo ahí y nunca lo miré. Igual Marina es una excepción. O es un descubrimiento.

Lo que sí sé es que necesito su cuerpo aferrado al mío, y lo necesito ya.

—¿Y a ti? —le respondo.

—Bueno… Por simplificarlo, supongo que follar con una compañera de trabajo es… complicado. Pero…

—Pero.

—Pero. Eso es —se ríe—. Exactamente lo que quería decir.

La veo a mi lado, sonriendo, los ojos levemente entrecerrados. Me quedo enganchada. Ella sigue:

—Mañana podemos hacer como si nada de esto hubiera pasado. O como si todo esto hubiera pasado. Tú decides.

Nada va a volver a ser igual. Y las dos lo sabemos.

Está otra vez encima de mí. Solo me acaricia.

—¿Y ahora? —le pregunto.

—¿Ahora qué?

—Es muy tarde.

—Yo diría que es muy pronto.

Me río.

—¿Me voy o me quedo? —pregunto—. Tú decides.

Ahora soy yo la que deja que sea ella la que saque la última carta. Porque yo la mía ya sé cuál es.

Marina vuelve a dejar un silencio largo, eterno, entre las dos, mientras sigue acariciándome la piel en zonas que creo que no ha tocado nadie antes.

—Te quedas. —Se inclina a darme un beso suave en los labios. No puedo evitar sonreír. —Voy a hacer café.

Se levanta y se marcha, dejándome allí. Por la puerta entreabierta veo su cuerpo desnudo, de espaldas.

Lo único que deseo ahora mismo es que vuelva.


FIN - Gracias por leerme 👩

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