Capítulo 32. Amanda


Seis años más tarde

Estoy abriendo las ventanas de la casa para que ventile. Está todo limpio, recogido y preparado: Marian nos lo ha dejado todo impoluto. Con suerte, en unos minutos estaremos instaladas y podremos empezar a disfrutar de… la nada. Detengo un momento la vista en la piscina que se ve desde el dormitorio principal y se me escapa una sonrisa. Me trae algún que otro viejo recuerdo.

Ahí fuera el motor del coche ha dejado de ronronear. Oigo los pasos de Harper moviéndose sobre el suelo de arena, ruido de puertas abriéndose y cerrándose, bultos, cosas en el suelo.

Un minuto más tarde, escucho su grito:

—¡Voooooy! ¡Baja a ayudarme!

Cuando llego abajo ya está entrando por la puerta, con un par de mochilas a la espalda, la maleta grande en una mano.

—¿Desde cuando viajamos como si fuéramos de mudanza? Dios, lo odio —me dice.

Yo le dedico una sonrisa profunda, como si acabara de verla por primera vez ahora en lugar de verla por última vez hace dos minutos. Veníamos gritando en el coche, para variar, por culpa de la música.

Harper se queda quieta al verme sonreír y me sonríe de vuelta. Últimamente regala picas sonrisas, así que nos quedamos unos segundos allí colgadas, mirándonos.

—Qué guapos estáis —le digo, rompiendo el sortilegio.

—¿Verdad? Yo creo que hacemos juego. Va, ayúdame —me acerco rápido para coger a Kyle que, por alguna razón, sigue amodorrado del viaje en coche, de su brazo. Harper lo lleva sujeto con la mano libre, colgado de su costado con esa forma desgarbada que tiene de sostenerlo.

Solo hay una cosa que me haga más feliz que ver la carita de Kyle, y es ver a los dos juntos. Forman la mejor pareja del mundo para mí.

—¡Vacaciones! —grito, mientras agarro a Kyle.

—Sí, por fin —suena agotada. 

Las dos lo estamos. Vamos a tener que emplearnos a fondo estos quince días para recuperar algo de la energía de antaño.

Harper me hace entrega del peluche con forma de micrófono que lleva mal cogido sobre la maleta y que, obviamente, hace ya tres años que dejó de ser suyo, y se va a por el resto de cosas al coche.

Durante las dos horas siguientes apenas hablamos: estamos tan sincronizadas que ya cada una se pone a lo suyo, con la esperanza de poder compartir unos minutos más tarde, antes de caernos rendidas.

Yo deshago maletas, hago hueco en los armarios, coloco, recoloco. Preparo nuestra habitación, los cuartos de baño, la habitación de Kyle que será la antigua de Harper y que está llena de carteles de bandas horrorosas que espero que Kyle no registre a sus escasos tres años. Ya tengo bastante con una ex post punk grunge o como sea que se defina ella misma.

Harper va a la compra mientras yo vigilo a Kyle en cada una de las habitaciones por las que pasamos.

—Venga, te propongo un juego —sugiero—. Yo te voy dando cosas y tú las vas colocando donde quieras.

—No —dice. Su primera reacción a todo: nos ha salido protestón.

—¿Ah, no? ¿No te parece divertido descolocarlo todo?

Se le dibuja una sonrisa pícara: eso ya le hace más gracia. Me pregunto a quién se parecerá…

Por supuesto, tardamos mucho más de la cuenta en colocarlo todo, pero así le mantengo bajo control. Al rato aparece mamá Harper, cargada de bolsas de la compra llena de comida funcional y esos otros antojos que nos reservamos para cuando vamos de vacaciones, como kilos de chocolate extra.

Bajamos a ayudarla y seguimos jugando a descolocarlo todo, mientras Harper va por detrás reubicando las cosas de nuevo.

Luego me despido de ella con un beso rápido en los labios y subo a ducharme mientras ella se queda con Kyle en la cocina. La cena es suya. Dormir es mío. Media hora y una ducha relajante después, bajo a por Kyle para acabar con mi parte del trato. Tengo ya su cama lista, el inseparable peluche-micro, dos cuentos, las luces bajas, un niño de tres años ya metido en la cama. Te juro que se me escapan un par de cabezadas mientras descubrimos que el monstruo Charles en realidad tiene muchos más amigos de los que pensaba.

Puede que me haya dormido antes que Kyle, pero cuando vuelvo en mí, unos segundos más tarde, él también está dormido. Probablemente le produzca una somnolencia insoportable escuchar el tono de voz monocorde y aburrido que su mami pone a propósito al leer.

Salgo y cierro la puerta con mucho cuidado, y bajo a buscar a Harper. La encuentro donde esperaba: sentada en el césped, mirando la piscina. La tengo de espaldas, pero sé lo suficiente de ella como para imaginar que está poniedo esa mirada triste y angustiada, tan frecuente últimamente, enfocada en el vacío. 

Me quedo un buen rato mirándola, perdida en la forma de su cuerpo. Me entran unas ganas irrefrenables de hundir los dedos en su pelo y masajearle un poco la cabeza. Últimamente lo lleva más largo y hemos descubierto que tiene… ¡rizos! Imagínate que no hubiéramos acabado juntas y me hubiera perdido ese pelo: tiemblo de pena solo de pensarlo.

Aún así, la dejo unos minutos más de cortesía. Sé que necesita su tiempo, su espacio. Aprovecho para recoger un poco la cocina y, cuando decido que ya es suficiente, pongo una copa de vino para mí, cojo una cerveza para ella, y salgo con el vigilabebés calladito en el bolsillo de atrás.

—¿Brindas conmigo? 

Harper se gira para mirarme y ni su pequeño intento de sonrisa consigue tapar la mirada cargada de desazón que tiene en ese momento.

Me siento a su lado y, durante un rato, bebemos en silencio, mirando la piscina. Dios mío, parece que han pasado varios siglos desde la única vez que estuve aquí. Trato de aferrarme al recuerdo, pero apenas reconozco nada de la persona que yo era entonces. Si alguien me hubiera dicho en aquella época que iba a acabar con la chica que me provocaba un estremecimiento extraño cada vez que la veía cortar el césped desde la ventana… No sé. Igual le hubiera creído.

—La última vez que estuvimos aquí nos llevábamos a matar, ¿te acuerdas? –le digo, por romper el silencio.

—Más o menos —replica Harper—. No me acuerdo de mucho de esa época ya.

—Mejor —le pego un trago corto al vino.

—¿Qué dices? —se ríe—. Ojalá pudiera recordar la primera vez que te vi.

—¿Aquí?

–No, aquí no. Sería en el instituto. Cuando te vi aquí sí que me acuerdo. Justo bajaba del coche de mi madre y… joder, se me cayó el alma a los pies al verte.

Nos reímos hasta que Harper se mete en sus pensamientos y vuelve a quedarse silenciosa.

—Venga, mi amor. Alegra esa cara —le pido o, más bien suplico, dándole un ligero empujón con el hombro—. Intenta relajarte un poco estas vacaciones, ¿vale?

A pesar de que intento estar bien, por ella, por nosotras, me tiembla un poco la voz al decirlo. Ella lo nota y se gira a mirarme muy fijamente.

—Qué –le pido— Di algo.

Harper esboza una pequeña sonrisa.

—Nada. Que me perdones por esto. Soy un coñazo últimamente. Intentaré no daros las vacaciones a Kyle y a ti.

—No pasa nada Harper —respondo, mientras extiendo la mano para acariciarle la cara—. Yo solo quiero que estés bien. Que estés mejor. Todo se arreglará, estoy segura.

—Ya… —Harper hunde la cabeza—. Lo siento es que es…  difícil. ¿Y si hubiera habido alguien en ese momento, Amanda?

—Pero no había nadie –replico—. De verdad, no tiene sentido que te machaques de ese modo.

—Ya. Lo sé. Pero es que…

—Harper —me pongo seria—. Nadie podía prever que el exceso de agua por culpa de las lluvias iba a hacer que el suelo perdiera resistencia y que la obra de al lado acabara por romperlo. Nadie. ¿Lo entiendes?

Se hace un espeso silencio entre las dos.

—Lo entiendo —dice al fin—. Pero sabes que nuestro trabajo es prever cosas. Has pasado por empresas. Y ahora en el fondo de inversión no dejas de ver planes de empresas que prevén cosas. Es nuestra responsabilidad. 

—Mira, de parte de la tía más controladora y previsora del universo: no, Harper. No todo se puede prever. ¿Sabes lo que me dijo Liz una vez?

—Qué.

—Que la vida no es un Excel con planes de contingencia.

—Pfff —resopla Harper. Al menos, le he sacado una sonrisa—. Y luego está todo el tema de la pasta. Eso es lo que me tiene realmente agobiada.

—¿Por qué?

—Joder, Amanda. El nuevo préstamo me va a sangrar. Y no sabemos cuánto va a tardar el seguro en decir algo.

—Mira, ya hemos hablado de esto antes cien veces. Si este año se me da bien, y te juro que me estoy esforzando muchísimo, espero tener el bonus. Si tengo el bonus, solucionamos este tema, ¿vale?

—Pero no es justo —farfulla Harper, tras unos segundos de silencio fúnebre.

—¿El qué no es justo? —salto, irritada.

—Es tu dinero. Lo de Blaze no es tu problema ni tu responsabilidad ni…

—Harper —la interrumpo otra vez, le cojo de la barbilla y le obligo a mirarme—. Tú eres mi responsabilidad y mi problema, ¿vale? Estamos juntas en esto.

Noto cómo la congoja le abruma los ojos.

—Joder, ya, pero… —musita, contrariada y emocionada, todo a la vez—. Y luego también está la parte de Gwen. Es todo un puto follón, Amanda.

—Olvídate de si hay parte de Gwen y parte tuya, ¿vale? Si todo sale como debe este año, resolvemos esto y punto.

Me tumbo en el césped, la cojo de la camiseta y tiro de ella, obligándola a tumbarse sobre mí. Por fin me permito enredar mis dedos en su pelo y disfrutar de un momento de calma.

—Nos vamos a manchar de césped —me dice, con su vocecilla angustiada.

—Pues lavamos la ropa. ¿Desde cuándo te has vuelto tan puntillosa con el tema de la limpieza? Me estás robando la personalidad.

–¡Desde que sé lo que cuesta quitar manchas de césped! –intenta hacerme cosquillas pero le agarro fuerte de la mano.

—Para.

—Cualquier día de estos me vas a dejar por una con menos deudas. No, no te preocupes. Lo tengo asumido —argumenta desde mi pecho.

—Eres imbécil, Harper. Y no, bajo ningún concepto te dejaría por una tía con menos deudas. Pero si sigues así de triste, voy a empezar a cobrarte cuota de mantenimiento e intereses.

—Qué gilipollas eres. Pero me encanta cuando te pones cabrona, ¿sabes?

—Por eso te digo todas estas mierdas.

Nos reímos otra vez y luego disfrutamos un rato en silencio de la noche ya formada sobre nuestras cabezas. Cada vez tenemos menos ratos así para nosotras, y cada momento de este estilo es lo que ahora básicamente llamo felicidad.

—¿Vamos dentro? —pregunta Harper al rato—. ¿Qué dice el vigilabebés?

—El vigilabebés está tranquilo. Cinco minutos más aquí, por favor.

Nos tumbamos de lado y nos quedamos mirando un buen rato. Antes podíamos hacer esto durante horas. Ahora, literalmente, nos bebemos por los ojos cuando tenemos unos minutos para nosotras.

—Hora de hablar de temas logísticos —suelta de repente, con una sonrisa traviesa en los labios—. La tía Kate me confirma mañana si al final puede venir el fin de semana que viene o no. Y la tía Cliff me ha dicho que puede venir un par de días antes, que así nos ayuda con Kyle y podemos tener… flipa… ¡una cita! 

Me echo a reír.

—Estupendo —digo.

—Así que vete pensando: de todo el insondable abanico de opciones que nos ofrece este pueblo, ¿qué te apetece que hagamos? Piénsalo bien. No te precipites, es importante. Será nuestra primera cita oficial en… ¿años?

—Vale, a ver —respondo, fingiendo ansiedad—. Qué nervios. Mmm… ¿no es la feria la semana que viene?

—Joder, sí. La feria.

—Podríamos ir a la feria juntas. Podríamos comprar un mini de cerveza y podríamos, simplemente, probar a beberlo.

—¿Beberlo? ¿En serio? Qué aburrida. Yo había pensado que podíamos bañarnos con él y luego besarnos, en plan muérdago, ¿sabes? 

—Venga. Trato hecho. Lo hago por ti, ¿eh? Que conste.

—Lo haces por mí, ya. En fin. Que te quiero.

—Y yo te quiero a ti, jodida Harper Wolfson.


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