Epílogo extra. La casa del desierto


Tres años más tarde.

Sara terminó de sellar con silicona el borde del fregadero de la cocina en medio de un dichoso silencio y se puso a recoger la caja de herramientas. De las reparaciones sencillas todavía se podía encargar ella, pero para la temporada próxima ya había convencido a Anne de montar uno de esos malditos Excel suyos con filas que incluyeran expresiones como «plan de contingencia» y «reparaciones profesionales».

Llevaban tres años con el negocio y las roturas se desencadenaban ya en cascada de forma natural. Era increíble lo rápido que empezaban a estropearse las cosas en cuanto tenían el hotel lleno de gente todos los fines de semana de la temporada alta. En temporada baja —Anne le había enseñado a redefinir su vida según el «porcentaje de ocupación»— todavía podían aprovechar para hacer ajustes, pequeñas reformas y, en general, respirar.

No obstante, ese año habían decidido no cerrar. Por primera vez, el equipo que tenían contratado se encargaría de mantener el fuerte funcionando mientras ellas se cogían tres semanas de un descanso más que merecido en una playa paradisíaca perdida en medio de un…

—¿Has mirado ya lo que te envié? —La voz de Anne le llegó por la espalda, dispuesta a instalarse en su cabeza y a romper la imagen del mar que ya empezaba a formársele.

—No, perdona. —Sara se giró y la encaró. Anne estaba de brazos cruzados y su mirada no era precisamente amable—. Perdona, cariño. Entre esto y…

Señaló vagamente el fregadero, la caja de herramientas, la casa entera. También estaban otros dos proyectos de reformas encima de su mesa de trabajo, en el desván, más el arreglo del propio desván: habían querido hacerse con una casa en la ciudad para alternar con los periodos en los que vivían en el desierto, pero, desde que pusieron un pie oficialmente en aquel lugar, esa posibilidad se volatilizó. Simplemente usaban su casa de Carrizo cuando les venía en gana.

—Ya. —Anne entrecerró los ojos, con una vibración extraña en ellos que Sara no supo leer—. Me gustaría que lo vieras. Es importante.

—Lo sé, mi amor. En un rato, sin falta. ¿Qué ha pasado con los de la seis?

—Que se han ido ya. ¡Por fin!

—¡Gracias a dios! —exclamó Sara—. Estaban a punto de acabar con mi paciencia.

Se acercó hasta Anne, que sonrió con suavidad y le dio un beso tierno, a pesar de seguir sutilmente enfadada porque no había revisado aún lo que le había mandado. Probablemente otro de esos PDF suyos con propuestas escritas en letra muy pequeña y tablas con numeritos y fórmulas que soportaban plácidamente cualquier conclusión que una les quisiera echar encima.

Anne le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la frente en su pecho un momento.

—Luego lo miras, ¿vale?

—Sin falta.

Sara le dio un último beso en la cabeza y se soltó del abrazo para devolver la caja de herramientas a su sitio.

—Por cierto, viene Lauren el fin de semana —escuchó decir a Anne por detrás.

—¿Ah sí? Estupendo. —Sara agitó la cabeza para sí misma, entre divertida y contrariada. Todavía no se acostumbraba a esto de que su prima le contase sus planes a Anne antes que a ella—. Guardo esto y voy arriba a trabajar en la propuesta, luego te busco.

—¡Míralo! —Su voz fue solo un susurro antes de que Sara escuchara una puerta cerrarse.

—Que sí, te lo prometo —respondió al aire.

Anne podía llegar a ser muy insistente con sus cosas, sin duda. Y a pesar de lo irritante que resultaba, Sara la quería por eso y por otras tantas cosas, algunas preciosas, otras exasperantes. Seguramente lo mismo que Anne a ella.

Después de tres años de relación, seguían tan enamoradas o más, y eso que ya se conocían de memoria todos sus defectos. Y no solo habían encajado emocionalmente: llevaban el hotel con puño de hierro y las tareas perfectamente distribuidas. Anne la liberaba del trato con los clientes y de la gestión de todo tipo de incidencias a cambio de que Sara coordinara las labores de mantenimiento. Sara localizaba proveedores, Anne los machacaba con sus negociaciones. Sara se encargaba de cocinar, Anne de mantener el frigorífico lleno. Mientras Sara empujaba proyectos de arquitectura y contaba con Anne para los presupuestos, Anne diseñaba planes de negocio para el hotel y otros alojamientos que había comenzado a asesorar en la región, y Sara le hacía los planos y las reformas.

Sara soltó la caja de herramientas en uno de los armarios camuflados del sótano; luego cogió a Kat, que la había seguido hasta abajo, en brazos, y lo subió al desván con ella. Por el camino, se cruzó con un par de huéspedes a los que saludó cortésmente y con los que charló un minuto escaso sobre recomendaciones de la zona mientras le hacían carantoñas a Kat. Cuando llegó al desván, que había quedado convertido en una acogedora casa de dos habitaciones, cerró la puerta detrás de sí y se dirigió a su mesa de trabajo mientras dedicaba una última mirada a Kat:

—Mejor aquí, que abajo andas siempre molestando a todo el mundo.

Kat lanzó un maullido lastimero delante de la puerta cerrada.

—¿Y si un día te secuestran, eh? No creo que quieras dejar de vivir aquí.

Sara tomó asiento delante de su mesa de diseño mientras Kat se vencía contra el suelo y se quedaba allí tirado como un trapo. Trabajó durante un par de horas en una oferta de reforma para una casa rural en la zona norte de Mesa, y luego dedicó otro rato a revisar sus anotaciones sobre el sótano, espacio que planeaban remodelar en una futura reforma para ganar un salón para eventos.

Cuando ya no podía más, se frotó los ojos y miró el móvil. Dios, qué tarde. Se le había ido escurriendo el día entre los dedos. Tenía un mensaje de Lauren avisándole de que iba el fin de semana, ya ya, sí, y otro de Anne diciéndole que estaría en el mirador, por si le apetecía bajar a por una cerveza cuando terminara.

Esbozó una sonrisa y, justo cuando estaba a punto de levantarse para bajar, se acordó del email sin leer que tenía en el correo. Qué maldita pereza le daba ponerse a revisar ahora una presentación de no sé qué, pero no quería seguir dando largas a Anne, que parecía especialmente empeñada en su nueva idea. Decidió echarle un vistazo lo más rápido posible tan solo para poder hacer el check con ella, y prometerle mirarlo con más calma otro día.

Abrió el ordenador y rescató el email. Sara resopló: solo contenía un archivo adjunto; ni siquiera se había tomado la molestia de escribir un mínimo texto. Tan solo había un corazón. De asunto, «Plan de futuro». Vale. A ver de qué quería convencerla ahora.

Sara no se molestó ni en descargar el archivo: lo abrió en el previsualizador del navegador y miró fijamente la portada. «Nueva línea de negocio», ponía ahí. Se prometió prestar atención: Anne tenía buena intuición para cualquier cosa que significase ganar dinero.

Cuando pasó a la siguiente diapositiva, no pudo evitar soltar una risilla entre dientes: ¡bodas! A Anne se le había ocurrido que sería buena idea abrir el hotel a bodas lujosas de tamaño reducido.

Durante unas diez diapositivas, Sara leyó la fervorosa presentación de Anne, en la que explicaba el concepto de bodas que podían ofrecer, mencionaba proveedores locales y organizadoras reputadas con las que preparar una colaboración. Había incluido un mapa de distribución dentro del hotel y había calculado el tamaño máximo de la boda por número de invitados teniendo en cuenta un porcentaje de la capacidad hotelera de los alojamientos situados a máximo una hora de distancia. Joder, qué tía. Su minuciosidad seguía dejándola sin habla.

También encontró un montón de números en tablas ordenadas: cuánto nos cuesta, cuánto ganamos si aplicamos este margen, tres escenarios de ganancias posibles el primer año y previsiones a tres.

Sara ya estaba bastante convencida cuando pasó a la diapositiva número veinticinco, que le borró automáticamente la sonrisilla que le colgaba de la cara y casi hizo que se cayera de la silla.

Un único párrafo ocupaba ahora toda la pantalla:

«He pensado que podríamos hacer la prueba con nuestra propia boda, y así comprobamos que todo funciona.»

Sara tuvo que parpadear dos, tres veces, antes de ver que aún faltaban diapositivas por pasar.

Siguiente diapositiva:

«¿Quieres casarte conmigo?»

El corazón de Sara se largó del pecho rumbo a cualquier otro país a una velocidad de vértigo. La sangre se puso a zumbar en sus oídos.

Siguiente diapositiva:

«PD: Perdona que te lo pida así, me temblaban las rodillas solo de pensar en preguntártelo en persona. No tengo anillo: como no te gusta casi ninguno, prefiero que lo elijas tú misma.»

Siguiente diapositiva:

«PD2: Si no quieres, o es pronto aún, no pasa nada. Podemos seguir como estamos :)»

Fin de la presentación.

Sara se tapó la cara con las manos y se echó a reír sin poder parar. Dios mío, no podía con esta mujer.

Cerró el ordenador y se levantó rápido.

—Joder, Kat. Tu otra madre está como una cabra—le contó al gato, bastante poco interesado, mientras cogía un par de cosas antes de bajar.

Cruzó el hotel como una exhalación y se plantó en el mirador sin mucha certeza de poder aguantarse la risa. Por suerte, Anne estaba sola: no había ningún huésped merodeando en aquella zona en la que antes echaba las horas sobre una silla vieja viendo el atardecer, y que ahora habían convertido en un rincón precioso desde el que mirar el paisaje.

Carraspeó para que Anne, con la mirada aparentemente perdida en el horizonte, la viera venir. Se giró para mirarla y le sonrió con esos ojos claros que le habían resultado arrebatadores desde el primer segundo en que se encontró con ellos. Luego se volvió y perdió de nuevo la mirada en el horizonte.

—Tienes cervezas ahí —señaló, distraída.

—Gracias.

—Sigo sin acostumbrarme a esta vista.

—Normal.

Sara acercó una de las nuevas sillas de exterior y se sentó junto a ella. Se abrió una cerveza tan solo para dejarla encima de la mesa; luego tomó aire y se revolvió, incómoda, en el asiento. Ahora ya no le hacía tanta gracia el asunto: se había puesto nerviosa. Se dio cuenta de que le temblaba un poco la mano, y de que el estómago se le había girado y se había puesto a hacer de las suyas.

Respiró hondo y se dio ánimo. Sin apartar la vista del fondo, dijo todo lo alto que pudo:

—Ya he visto tu propuesta.

—Ajá, ¿sí? —respondió Anne, sin volverse a mirarla, con un repentino deje nervioso en la voz—. ¿Y qué te ha parecido?

Sara dejó un pequeño silencio escénico, midiendo bien sus palabras.

—Bastante bien, la verdad —dijo al fin—. Me parece una buena idea, así, en general. Te lo compro todo.

Silencio.

—¿El final también? —tanteó Anne.

—El final especialmente.

Cuando Anne se volvió a mirarla, Sara ya había movido su silla para ponerla de lado, tenía las rodillas pegadas a las de Anne y la cogía suavemente de la mano. Primero se la besó con ternura, y luego sacó algo que acababa de rescatar del último rincón de su mesilla de noche y que le llevaba quemando el bolsillo del pantalón todo ese rato.

Volteó la mano de Anne para ponerla palma arriba y puso la cajita encima.

—Yo sí te he comprado un anillo. Pensaba dártelo en nuestras vacaciones en la playa, pero ya que me has chafado el plan, este momento y este lugar me parecen tan buenos como cualquier otro.

Anne se removió sobre la silla y la miró, completamente perpleja. Ni siquiera abrió la caja: la aferró fuertemente con la mano y se lanzó a los brazos de Sara. Se hundieron en un abrazo profundo, largo, y un tanto incómodo por culpa de las sillas.

—Siento haber tardado en mirarlo —dijo Sara, la voz apagada contra el cuello de Anne en el que estaba hundida—. Dios mío, me lo enviaste ayer por la mañana, ¿cómo has podido aguantar tanto?

Anne se echó a reír contra su cuello.

—Ya contaba con que tardarías. Pero te confieso que si no lo hubieras leído hoy, me habrías matado.

Sara se deshizo del abrazo y le cogió la cara con las manos para mirarla a los ojos.

—Mi romántica logística —musitó—. Que conste que no me caso contigo para probar nada, lo hago porque me parece una buena decisión pasar mi vida contigo.

Anne volvió a sonreír:

—Yo también te quiero.

Se buscaron los labios y se quedaron ahí, prendidas, en el mismo mirador donde se había detenido Anne la primera vez que llegó a la casa. Debajo se abría el desierto entero, ocre y encendido por el sol en caída libre. La misma tierra desolada en la que Sara había vivido cinco años convencida de que tenía que irse de allí.

Ya no lo pensaba. En algún momento, sin darse cuenta de cuándo, el desierto había dejado de ser el lugar del que necesitaba marcharse para convertirse en el único en el que quería quedarse.

La llavecita de la abuela le brillaba a Anne en el cuello, encendida por la última luz.

—Oye —dijo Anne, con la frente pegada a la suya—. La boda la organizo yo.

—Faltaría más.

—Con un Excel.

—Con un Excel vestido de dama de honor.

Y se quedaron así, en su desierto, mientras se apagaba la luz sobre la única casa de la que ninguna de las dos pensaba marcharse jamás.


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